Hamilton se relaja… y la lía

En estos meses de pandemia hemos aprendido, a fuerza de necesidad, que la prudencia y el respeto de unos hábitos adecuados re revelan como la mejor protección frente a los contagios de la COVID-19. Cuando llega la relajación se incrementan los riesgos. Una evidencia que se acaba de volver a constatar con Lewis Hamilton, positivo en su último test rutinario de la Fórmula 1 y, por tanto, fuera del próximo gran premio en Bahréin y posiblemente del que cierra la temporada en Abu Dhabi. Por fortuna para sus ambiciones, había finiquitado su séptimo título mundial en la anterior cita de Turquía, pero el regreso a su cotidianeidad le puso en contacto con un contagiado y se llevó el coronavirus hasta Shakir. Sobre el papel todo debería quedar en una anécdota para él, desagradable en todo caso, aunque la cosa pudo haber sido mucho más seria para sus intereses.

Más allá de la trascendencia deportiva del asunto, la baja de Hamilton debería resultar ejemplarizante, como la de tantos otros deportistas que se han visto en tesituras similares. El británico se ha mantenido alejado del virus durante estos meses, consciente de que un tropiezo al respecto le costaría con seguridad una temporada por lo demás impecable. Una vez alcanzado su objetivo quizá su percepción del riesgo cambió y ahora tiene que pagar las consecuencias. Menos graves, insisto, de lo que pudieron resultar pero no por ello deja de ser un trastorno importante para su equipo y para él. No hablo de imprudencia, apostaría de que no ha existido, sólo de un alivio en las medidas más estrictas y ya vemos que la COVID-19 ataca sin miramientos. Sabemos que se trata de un enemigo invisible, olvidarlo nos aleja a todos de esa normalidad que tanto anhelamos y necesitamos.

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